marzo 04, 2017

Melodía


La espuma acumulada en la parte superior del vaso, parecía una capa de nieve que se engrosaba con las pequeñas burbujas que no dejaban de subir desde el fondo.

Afuera, el adoquín brillaba aún mojado tras la pertinaz llovizna. Se sentía bien poder tomarse ese respiro del frío y la humedad, esa que poco a poco, se iba sintiendo en las rodillas.

La madera crepitaba en la chimenea al fondo de la sala. Giró el banco y posó su mirada en aquella mujer sentada de lado, la misma que había visto una y otra vez en ese mismo sitio, con su mirada adusta y perdida. Con las manos largas de dedos finos.

Era claro que una misma melodía, no había dejado de sonar en su mente desde que le vio partir.


abril 10, 2015

Exigencias a los candidatos y a los que no lo somos


El día de ayer, el Instituto Electoral del Distrito Federal otorgó los primeros registros a candidatos para diversos cargos de elección popular y por los que se contenderá en el proceso electoral ordinario en el que nos encontramos inmersos. Las campañas electorales darán formal inicio conforme al código comicial local el día 20 de abril.

La aprobación de los acuerdos respectivos por parte del órgano electoral local es de una medular importancia en tanto los mismos, se relacionan de modo directo con el ejercicio del derecho ciudadano al voto pasivo, previsto en los artículos 35 fracción II y 41 fracción I de la Constitución; 20 fracción I del Estatuto de Gobierno del Distrito Federal y la fracción IV del artículo 7 del Código de referencia.

Por lo que hace a la naturaleza de los requisitos que deben satisfacerse con el fin de obtener tal registro, la remisión legal que hacen tanto la Constitución como el Estatuto de Gobierno del Distrito Federal, es de una meridiana claridad. Por tanto, no sólo debe entenderse que el establecimiento de tales requisitos, condiciones y términos debe realizarse en normas que tengan tal carácter legal en sentido formal y material.

Necesariamente, ello implica también, que la facultad de legislar en la materia, sin mayor límite que el que ello sea hecho en congruencia con las bases constitucionales, los principios rectores aplicables en la materia y la legislación general existente tras la reforma electoral del 2014, está dada al legislador tanto federal como local, según ello corresponda en cada caso.

En tal inteligencia, es claro que los órganos legislativos federal y locales, sujetan el válido ejercicio de tan fundamental derecho para la vida democrática como lo es el derecho al voto pasivo, al cumplimiento de diversos supuestos normativos que se estiman valiosos y dignos de protección, salvaguarda y/o promoción porque se relacionan a su vez, con el mantenimiento de ciertos mínimos de razonable representatividad y vinculación entre los electores y sus candidatos; y por ello mismo, se relacionan con los fines e ideales de la democracia electoral misma.

Algo es ineludible. Este proceso electoral, así como se da. Inmerso en el convulsionado contexto en que vivimos actualmente los mexicanos como sociedad en todos los niveles y a pesar del poco interés ciudadano que de por sí, los procesos electorales intermedios tradicionalmente han podido recolectar entre el ánimo de los votantes; nos presenta ante una serie de disyuntivas fundamentales que cada uno de los actores del escenario político habrán de resolver.

Como actores de la escena política en el sentido más amplio del término, con independencia de la calidad con la que lo hagamos y las cargas individuales o institucionales correlativas, debemos partir de la perspectiva del ciudadano en todos nuestros esfuerzos y afanes constructivos. Debemos partir, de la necesidad del otro de un modo quizá rawlsiano.

Y es que debemos ver con claridad que nos encontramos ante la posibilidad de ser nosotros quienes asumamos como generación, la oportunidad que se nos presenta de tomar en nuestras manos y desde este momento, como ciudadanos, árbitros electorales, partidos, candidatos de partido o independientes, mexicanos todos por igual; la tarea de hacer posible un reordenamiento que nos lleve a la reconstrucción del tejido político-social a través de acciones fundadas en una profunda ética de la responsabilidad y con independencia de la arena en que la acción política respectiva, se desarrolle y la forma que ésta tenga de manifestarse. 

La crítica informada e intelectualmente honesta en cuanto a sus bases, contextos y presupuestos, el diálogo, la participación por los medios asequibles o la construcción misma de canales de vinculación entre las instituciones y la ciudadanía, la organización de la sociedad civil son todas, formas de acción política y social que la mayoría tenemos a mano. La decisión, no deja y no ha dejado de ser nuestra.

Mi alegato quizá va a proponer que actuando conforme a una ética de la responsabilidad, con independencia de la posición en que nos ubiquemos, asumiremos dos dimensiones que es necesario tomar en cuenta en el ejercicio de la actividad política y social: la existencia de la alteridad y por ende, la consideración de las consecuencias de las acciones adoptadas.

Dimensiones cuya honesta aprehensión e interiorización, nos permitirán exigir y realizar un reajuste de los valores de la política para hacerla compatible con nuestras más profundas aspiraciones en cuanto al diseño de nuestras instituciones, mismas que serán sólo realizables en la medida que podamos aprovechar la profunda reforma moral que el actual contexto no sólo propicia, sino exige.

En la medida que comprendamos que la consolidación de un sistema democrático demanda de todos los integrantes de la sociedad un aprendizaje continuo de los valores de la participación ciudadana producto de la interacción institucionalizada, más temprano que tarde habremos todos de arribar al pleno reconocimiento formal y material de la existencia de derechos y obligaciones recíprocos entre representantes y representados que no se agotan o satisfacen tan sólo cada determinado tiempo en un instante que llamamos emisión del sufragio.

Se trata de una relación vinculante en más de dos sentidos y uno de ellos es también y sin duda, de naturaleza ética.

Es justamente de esa vertiente en la relación que se actualiza al darse la representación política, que debemos extraer la convicción de que no basta con que los actores políticos asuman que actúan conforme a una determinada convicción porque es precisamente cuando ello ocurre, que se abandona la conciencia de la alteridad y de las consecuencias del propio actuar en detrimento de la sociedad.

Por el contrario, es necesario que dichos actores políticos se hagan cargo de los actos, dichos y mensajes de su autoría y que tengan cualquier tipo de impacto en la vida política de la comunidad.

Es nuestra oportunidad de abandonar aún los asientos más cómodos o mejor ubicados y ser actores. Factores humanos de cambio profundo e imbuido de una conciencia social, de compromiso, ánimo constructivo y de un irrestricto apego a las leyes que se manifieste de manera real y efectiva desde la forma de convivir en la plaza pública o el contender en lo electoral y se mantenga durante el más fuerte diferendo que se deba dirimir y en el eventual ejercicio de cualquier cargo público.

Únicamente así, será posible desterrar ópticas y ejercicios patrimonialistas, conflictos de intereses en cualquier grado y prácticas parciales contrarias a los principios constitucionales de legalidad, honestidad, lealtad, imparcialidad y eficiencia, que rigen el servicio público.

Hago votos porque los candidatos que el día de ayer obtuvieron su registro y a aquellos que lo harán, comprendan la necesidad de dar pasos firmes, congruentes y sin titubear, hacia la muy necesaria reconstrucción de la confianza ciudadana en las instituciones.



mayo 23, 2014

De Magistrados, Consejeros y anfitriones




Es sin duda una pena que la gente pierda no sólo la razón sino también, la razonabilidad.

La situación se agrava cuando ello ocurre entre los "controladores." Aquellos que por algún motivo (que cada vez pareciera más cuestionable), llegaron a obtener una posición en los órganos depositarios y encargados de garantizar la normalidad democrática entendida no sólo como principio.

La materialidad de la democracia no se colma con abusos, con el unilateral cambio de reglas "porque se puede." Porque a fin de cuentas, se encuentran en la cima de la cadena alimenticia en la pequeña pirámide del sistema al que pertenecen. Porque son los de arriba, ... en perjuicio de los de siempre. De aquellos que no tuvieron y tampoco tendrán el compadrazgo oportuno del político en turno o la "gracia" de aquél de quien se sabe demasiado y a quien se le pueden cobrar favores con cargos para seguir "trabajando juntos".

Y es que para decirlo breve, me insultan sobremanera los recientes hechos consistentes en: (i) la tentativa de saqueo por parte del grupúsculo de integrantes del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación a través de su pretendida "pensión vitalicia" que por fortuna (y quizá encima de todo, quieran que les agradezcamos),  desdeñaron finalmente con un tono de insultante magnanimidad de "al cabo ni la queríamos"; y (ii) la liquidación que se autorizaron los Consejeros Electorales del Instituto Electoral del Distrito Federal en razón de que como ya se van, pues consideran que la sociedad les debe ese dinero tras cobrar sueldos bastante decorosos (y cuya cuantía no objeto en forma alguna en razón de la responsabilidad e independencia correlativas a los cargos que ejercen).

Posiblemente, mi intento es tan sólo el de llamar la atención precisamente sobre ello. Si se revisan los sueldos de servidores públicos como los mencionados y se comparan con los de la media nacional no hay siquiera forma de comparar. No hablemos de los datos que salen de la norma o media nacional porque las diferencias, si se viesen en términos absolutos, serían a todas luces insultantes.

Ahora bien, sumemos a ello, los bonos electorales que pesos más o menos, importan en proceso electoral un acumulado de ocho a nueve meses adicionales de sueldo en el año de que se trate (cada tres años), el aguinaldo estrictamente legal, el bono de fin de año (o sobre la compensación garantizada), los gastos de representación, chofer, auto institucional, gasolina, seguro de gastos médicos mayores, fondo de separación individualizada, ... El ejercicio de comparación se vuelve entonces, demencial.

Pero si es demencial lo anterior, a decir verdad no encuentro forma de llamar al hecho de que tras todo ello durante el período que les haya durado el cargo, pretendan no sólo obtener una liquidación con carácter extraordinario (porque eso es lo que en ambos casos de facto se materializaría o habría materializado), sino que se modifiquen, adicionen o generen disposiciones normativas para hacerlo y dar la impresión de que hubo un procedimiento legal respaldando tales abusos.

¿Por qué?

En el discurso pseudoinstitucional: Porque se puede y las facultades dan para ello, porque las economías para el pago de tales recursos existen derivados de tal o cual cosa que se hizo o dejó de hacer, porque hay un espacio de margen en la norma que permite que se interprete en tal sentido o simplemente porque la ambición, les hace creer que son dueños y hasta acreedores de tales recursos que la sociedad les debe.

Mi padre, cuando era niño, en una ocasión me vio jugando y desperdiciando agua. Me dijo que a la siguiente vez que me viese hacer eso, me llevaría a algún lugar en el que no hubiese agua corriente y la gente debe caminar por largo tiempo para acarrearla; tan sólo, para que le explicara a la gente de dicho lugar por qué yo la desperdiciaba y decirles que a mí, no me importaban sus carencias. Me hizo imaginar lo que me dirían y cómo me intentaría inútilmente justificar.

Tal escenario mental, me ha acompañado toda mi vida y me ha hecho pensar en estos últimos días en que quizá, debamos llevar a magistrados y consejeros (actuales y los recién nombrados) a alguno de los innumerables lugares marginados  de nuestro país; a algún hogar de esos que viven con dos o tres salarios mínimos y a pesar de ello, pujan por sacar sus vidas y a sus hijos adelante; a cultivos de los tantos en los que la gente no puede vivir siquiera al día, ...

Después quizá, podríamos darle la información y los datos relevantes para efectos de nuestro ejercicio, a los anfitriones de nuestros magistrados y consejeros con el fin de tratar de registrar de algún modo o documentar los intentos de justificación que estos insensatos usarían. Cualquier similitud con "La Plaza" de Luis Spota, no es mera coincidencia.

¿Es esta es la nueva institucionalidad democrática mexicana producto de una reforma política presuntamente profunda?

No, a mí me parece tan sólo una prueba más de que el año de Hidalgo en México, no se olvida.

Revolución Mexicana mental ya!!!







diciembre 01, 2013

PROFECÍAS FALLIDAS, ESPERANZAS GLORIOSAS. RICHARD RORTY (1998)




Traducción por Marcos Joel Perea Arellano

Las profecías fallidas suelen hacer lecturas inspiracionales invaluables. Consideremos dos ejemplos: el Nuevo Testamento y el Manifiesto Comunista.

Ambas tuvieron la intención de sus autores de ser predicciones de lo que iba a ocurrir - predicciones basadas en un conocimiento superior de las fuerzas que determinan la historia humana. Los dos conjuntos de predicciones se han convertido al día de hoy, en absurdos fracasos. Ambas posturas han sido objeto de ridículo en sus afirmaciones de conocimiento.

Cristo no regresó. Aquellos que afirman que Él está por hacerlo, y que por tanto sería prudente convertirse en miembros de una particular secta o denominación en preparación para tal evento, son, no por nada, vistos con sospecha. Podemos estar seguros de que nadie puede probar que una Segunda Venida no ocurrirá, produciéndose con ello evidencia empírica de la Encarnación. Pero ya hemos esperado por largo tiempo.

Análogamente, nadie puede probar que Marx y Engels estaban en un error cuando proclamaron que “la burguesía había forjado las armas que le traerían la muerte.” Puede ser que la globalización del mercado de trabajo en el siglo que viene revierta la progresiva burguesización del proletariado europeo y norteamericano y que entonces se vuelva cierto que “la burguesía es incapaz de seguir gobernando desde que no es capaz de asegurar la existencia de los esclavos en su esclavismo.” Quizá entonces, el fracaso del capitalismo, y la suposición del poder político en manos de un ilustrado y virtuoso proletariado ocurrirán. Quizá, dicho brevemente, Marx y Engels no fueron oportunos por uno o dos siglos. Aún así, el capitalismo ha superado muchas crisis en el pasado y llevamos también mucho tiempo en espera de que surja ese proletariado.

Nuevamente; ningún burlón puede asegurar que lo que los cristianos evangélicos denominan “ser un nuevo ser en Cristo Jesús” no sea una transformación genuina, una milagrosa experiencia. Pero aquellos que afirman haber renacido de este modo no parecen comportarse tan diferente a como lo hacían antes y como lo esperábamos. Hemos esperado largo tiempo que los prósperos cristianos se comporten más decentemente que los prósperos paganos.

Análogamente, no podemos estar seguros de que algún día posaremos nuestra vista sobre nuevos ideales que remplacen aquellos que Marx y Engels desdeñosamente llamaban “individualidad burguesa, independencia burguesa y libertad burguesa.” Pero hemos esperado pacientemente a que regímenes que se autodenominan “marxistas” nos expliquen exactamente cómo se ven estos nuevos ideales y cómo se realizan en la práctica. Hasta ahora, todos esos regímenes han resultado ser retrocesos al barbarismo previo a la Ilustración en vez de ser los primeros destellos de una utopía post-ilustración.

Aún hay, lo sabemos, gente que lee las escrituras cristianas para desentrañar lo que ocurrirá en unos años o décadas adelante en el camino. Ronald Reagan lo hizo por ejemplo. Hasta muy recientemente, muchos intelectuales leían el Manifiesto Comunista con el mismo propósito. Justo como los cristianos nos han aconsejado paciencia y nos han asegurado que es injusto juzgar a Cristo por los errores de sus pecaminosos siervos, así los marxistas nos han asegurado que todos los regímenes “marxistas” hasta ahora no han sido más que perversiones del intento de Marx. Los pocos marxistas sobrevivientes admiten ahora que los partidos comunistas de Lenin, Mao y Castro no reflejaban al proletariado llevado al poder de los sueños de Marx, sino que eran meros instrumentos de autócratas y oligarcas. A pesar de ello, nos dicen, algún día habrá un partido genuinamente revolucionario, genuinamente proletario - un partido cuyo triunfo nos traerá una libertad distinta a la “libertad burguesa”, como la doctrina cristiana de que el amor es la única ley es distinta a los dictados arbitrarios de Leviticus.

El que estas cosas sigan siendo pospuestas por cristianos y marxistas ya no es tomado en serio por la mayoría de nosotros. Ello, sin embargo, no nos debe impedir buscar inspiración y coraje en el Nuevo Testamento y en el Manifiesto pues ambos documentos son expresiones de la misma esperanza: que algún día querremos y podremos tratar a todas las necesidades humanas con el respeto y consideración con las que tratamos las de aquellos que nos son cercanos, de los que amamos.

Ambos textos han acumulado un gran poder inspiracional a través de los años. Cada uno es el documento fundante de un movimiento que ha hecho mucho por la libertad y equidad humanas. Para este tiempo, gracias al incremento en la población desde 1848, ambos han inspirado quizá a similar número de valientes y sacrificados hombres y mujeres a arriesgar sus vidas y fortunas para evitarle a las generaciones futuras un sufrimiento permanente e innecesario. Quizá ya haya igual número de mártires comunistas que de mártires cristianos. Si la esperanza humana puede sobrevivir a las cabezas de artillería cargadas de ántrax, a los dispositivos nucleares del tamaño de un portafolio, a la sobrepoblación, al mercado laboral globalizado, y a los desastres ambientales del siglo venidero; si tenemos descendientes que a un siglo de hoy, aún posean un acervo histórico para consultar y sean capaces de extraer inspiración del pasado, quizá pensarán en Santa Inés y Rosa Luxemburgo, en San Francisco y Eugene Debs, en el Padre Damián y en Jean Jaurés, como miembros de un único movimiento.

Así como el Nuevo Testamento es aún leído por millones de personas que pasan poco tiempo pensando en si Cristo regresará algún día cubierto de gloria, el Manifiesto Comunista es aún leído por aquellos de nosotros que esperan y creen que una justicia social plena puede ser asequible sin una revolución como la que Marx predijo, que una sociedad sin clases, un mundo en el que “el libre desarrollo de cada uno sea la condición del libre desarrollo de todos” puede surgir como resultado de lo que Marx despreciaba como el “reformismo burgués.” Padres y maestros deben promover que los jóvenes lean ambos textos. La juventud será mejor moralmente por haberlo hecho así.

Deberíamos educar a nuestros hijos para que les parezca intolerable que a nosotros, quienes nos sentamos tras un escritorio y tecleamos, nos paguen diez veces más que a quien se ensucia las manos limpiando nuestros baños, y cien veces más que a quienes fabrican nuestros teclados en el Tercer Mundo. Deberíamos asegurarnos de que les preocupe el hecho de que los países industrializados tengan cien veces más riqueza que aquellos que no lo están. Nuestros hijos deben aprender, desde muy temprano, a ver esas inequidades entre sus propias fortunas y las de otros niños, no como la voluntad divina o el necesario precio que debemos pagar por la eficiencia económica sino como una tragedia evitable. Deberían empezar a pensar lo antes posible, acerca de cómo el mundo puede cambiarse para asegurar que nadie padezca hambre mientras otros viven en el exceso.

Los niños deben leer el mensaje de fraternidad de Cristo conjuntamente con las explicaciones de Marx y Engels acerca de cómo el capitalismo y el libre mercado – indispensables como han resultado ser – dificultan en demasía la institución de tal fraternidad. Deben ver que a sus vidas les da sentido el conjunto de esfuerzos hacia la realización del potencial moral inherente en nuestra habilidad de comunicarnos el uno al otro nuestras necesidades y esperanzas. Deben aprender las historias de las congregaciones cristianas reunidas en catacumbas y de los mítines de trabajadores en plazas públicas. Pues ambos han jugado un rol importante en el largo proceso de actualizar tal potencialidad.

El valor inspiracional del Nuevo Testamento y del Manifiesto Comunista no se ve disminuido porque millones de personas fueron esclavizadas, torturadas o muertas de hambre por sinceros, convencidos morales que recitaban pasajes de uno u otro texto con el fin de justificar sus actos. Memorias de las mazmorras de la Inquisición y de los cuartos en que se practicaban los interrogatorios por la KGB, de la implacable codicia del clero cristiano y de la nomenclatura comunista nos deberían hacer rehusar otorgarle el poder a gente que afirma conocer lo que dios o la historia quieren. Pero hay una diferencia entre el conocimiento y la esperanza. La esperanza suele adoptar la forma de falsa predicción, como lo hizo en ambos documentos. Pero la esperanza puesta en la justicia social es sin embargo, la única base de una vida humana que valga la pena.

El cristianismo y el marxismo aún tienen el poder de causar una gran cantidad de daño, pues tanto el Nuevo Testamento como el Manifiesto Comunista aún pueden ser efectivamente citados por hipócritas morales o gángsteres-ego maníacos. En los Estados Unidos, por ejemplo, una organización denominada la Coalición Cristiana tiene al Partido Republicano (y por tanto al Congreso) subyugado. Los líderes de este movimiento han convencido a millones de votantes de que cobrar impuestos en los suburbios para ayudar a los ghettos es algo no cristiano. En nombre de “los valores de la familia cristiana”, la Coalición enseña que el que el gobierno de los Estados Unidos extienda una mano de ayuda a los hijos de los inempleables y de las madres solteras adolescentes puede “minar la responsabilidad individual.”

Las actividades de la Coalición son menos violentas que las del ahora moribundo movimiento “Sendero Luminoso” en el Perú. Pero los resultados de sus trabajos son igualmente destructivos. Sendero Luminoso, en su asesino apogeo, fue encabezado por un enloquecido profesor de filosofía que pensaba de sí como en el sucesor de Lenin y Mao, como un inspirado intérprete de los escritos de Marx. La Coalición Cristiana es encabezada por un mojigato televangelista: el Reverendo Pat Robertson – un intérprete contemporáneo de los evangelios quien probablemente cause mucho más sufrimiento en los Estados Unidos que aquel que Abiel Guzmán causó en Perú. 

Para resumir: es mejor, al leer ambos, el Manifiesto Comunista y el Nuevo Testamento, ignorar a los profetas que afirmen ser los intérpretes autorizados de uno u otro texto. A leer los textos, deberíamos pasar ligeramente por alto las predicciones, y concentrarnos en las expresiones de esperanza. Deberíamos leer a ambos como documentos de inspiración, como llamados a lo que Lincoln llamó “los mejores ángeles de nuestra naturaleza”, en vez de exactos recuentos de la historia humana o del destino humano.

Si uno trata el término “Cristiandad” como el nombre de uno de esos llamados, en vez de una afirmación de conocimiento, entonces esa palabra aún da nombre a una poderosa fuerza que trabaja por la decencia e igualdad humanas. “Socialismo”, similarmente considerado, es el nombre de la misma fuerza- un nombre actualizado y más preciso. “Socialismo cristiano” es pleonásmico; hoy en día uno no puede esperar por la fraternidad que los evangelios predican sin esperar que gobiernos democráticos redistribuyan el dinero y las oportunidades como el mercado jamás lo hará. No hay forma de tomar en serio al Nuevo Testamento como un imperativo moral en vez de como profecía, sin tomar la necesidad de tal distribución de un modo igualmente serio.

A pesar de la fecha en que fue hecho el Manifiesto Comunista es aún una admirable afirmación de la gran lección que hemos aprendido de ver el capitalismo industrial en acción; de que el derrocar a gobiernos autoritarios y el logro de una democracia constitucional, no es suficiente para asegurar la igualdad o decencia humanas. Es tan cierto como lo era en 1848, que los ricos tratarán de ser más ricos a través de hacer a los pobres más pobres, que la conversión del trabajo en materia llevará a la pauperización de los asalariados, y que el ejecutivo del estado moderno es un comité para administrar las relaciones comunes de toda la burguesía.

La distinción burguesía-proletariado puede ser que se encuentre tan fuera de tiempo como la distinción pagano-cristiano pero si uno sustituye el “20 por ciento más rico” por la burguesía y “el otro 80 por ciento” por el proletariado, la mayoría de las frases del manifiesto seguirán sonando como ciertas (hay que reconocer sin embargo, que suenan un poco menos ciertas en estados de bienestar completamente desarrollados como Alemania y un poco más ciertas en países como los Estados Unidos, en los que la codicia ha mantenido la mano más alta y en el que el estado de bienestar se ha mantenido en un estado rudimentario). Decir que “la historia es la historia de la lucha de clases” es aún cierto, si se interpreta para significar que en cada cultura, bajo cualquier forma de gobierno y en cualquier situación imaginable (vgr. Inglaterra cuando Enrique VIII disolvió los monasterios, Indonesia después de que los holandeses volvieron a casa, China tras la muerte de Mao, Bretaña y América bajo Thatcher y Reagan) la gente que ya tenga sus manos en el dinero y el poder, mentirá, engañará y robará para asegurar que ellos y sus descendientes monopolicen ambos por siempre.

En la medida en que la historia presenta un espectáculo moral, es que debemos luchar por romper tales monopolios. El uso de la doctrina cristiana para argumentar a favor de la abolición de la esclavitud (y argumentar en contra del equivalente americano de las leyes de Nüremberg – las normas de segregación racial) demuestra una cristiandad en su óptimo. El uso de la doctrina marxista para levantar la conciencia de los trabajadores- para aclararles el modo en que están siendo engañados – denota un marxismo en su óptimo. Cuando ambos se fusionan, como lo hicieron en el movimiento del “evangelio social”, en las teologías de Paul Tillich y Walter Rauschenbusch, y la más socialista de las encíclicas papales, han permitido que la lucha por una justicia social trascienda las controversias entre los teístas y los ateístas. Esas controversias deberían ser trascendidas: deberíamos leer el Nuevo Testamento como si dijese que el modo en que nos tratemos los unos a los otros en la tierra importa mucho más que el resultado del debate concerniente a la existencia o naturaleza de otro mundo.

El movimiento sindical, que Marx y Engels pensaron tan sólo como una transición hacia el establecimiento de partidos políticos revolucionarios, ha resultado ser el establecimiento de la más inspiracional encarnación de las virtudes cristianas del auto sacrificio y la más impresionante fraternidad jamás recordada en la historia. El surgimiento de los sindicatos es, moralmente hablando, el más alentador desarrollo de los tiempos modernos. Atestiguó la más pura muestra de heroísmo no egoísta. A pesar de que muchos de los sindicatos se han tornado corruptos, y muchos otros se han anquilosado, la estatura moral de las torres sindicales está quizá por encima de aquellas de las iglesias y corporaciones, gobiernos y universidades. Porque los sindicatos fueron conformados por hombres y mujeres que tenían mucho que perder – arriesgaron la misma posibilidad de poder trabajar, la oportunidad de traer comida a casa, para sus familias. Tomaron el riesgo a cambio de un mejor futuro humano. Todos les estamos profundamente en deuda. Las organizaciones que fundaron están santificadas en sus sacrificios.

El Manifiesto inspiró a la mayoría de los fundadores de los grandes sindicatos de los tiempos modernos. Citando su contenido, los fundadores sindicales fueron capaces de llevar a millones de personas a la huelga en contra de los degradantes salarios de hambre. Sus palabras respaldaron la fe de los huelguistas en que su sacrificio -  su voluntad de ver a sus hijos tener suficiente comida en vez de rendirse a las demandas de los propietarios por un mayor retorno de su inversión – no sería en vano. Un  documento que ha logrado tanto, permanecerá por siempre entre los tesoros de nuestra herencia espiritual e intelectual. Porque el Manifiesto explicó en detalle lo que los trabajadores iban gradualmente a entender: que “en vez de surgir con el progreso de la industria” el trabajador estaba en peligro de “hundirse más y más profundo debajo de las condiciones de existencia de su propia clase.” Este peligro fue evitado, cuando menos temporalmente, en Europa y en Norteamérica gracias al coraje de los trabajadores que leyeron el Manifiesto y que, como resultado de ello, se envalentonaron para demandar su tajada de poder político. De haber esperado a la amabilidad cristiana y la caridad de sus superiores, sus hijos aún serían analfabetos y estarían mal alimentados.

Las palabras de los Evangelios y del Manifiesto quizá han provisto igual cantidad de coraje e inspiración. Pero hay muchos sentidos en los que el Manifiesto es un mejor libro que dar a los jóvenes que el nuevo Testamento. Pues este último es un documento moralmente viciado por su ensueño, por su sugerencia de que podemos separar la cuestión de nuestra individual relación con Dios – de nuestra posibilidad individual de acceder a la salvación desde nuestra participación en esfuerzos cooperativos dentro de un interminable padecer. Muchos pasajes del Nuevo testamento han sugerido a los propietarios de esclavos que pueden mantener un derecho a latiguear a sus esclavos y a los ricos que pueden mantener su derecho a matar de hambre a los pobres. Pues en cualquier caso irán al cielo, ello después de haber sido perdonados de sus pecados como resultado de haber aceptado a Cristo como su Señor.

El Nuevo Testamento, un documento del mundo antiguo, acepta una de las convicciones centrales de los filósofos griegos que nos urgían a la contemplación de las verdades universales como ideal del modo de vida humano. Esta convicción está basada en la premisa de que las condiciones sociales de la vida humana nunca cambiarán en modo importante: siempre tendremos a los pobres entre nosotros – y quizá los esclavos también. Esta convicción lleva a los escritores del Nuevo Testamento a voltear su atención de la posibilidad de un  mejor futuro humano a la esperanza de que nos toque una rebanada del pastel cuando muramos. La única utopía que estos escritores pueden imaginar es en otro mundo.

Nosotros los modernos somos superiores a los antiguos – paganos y cristianos – en nuestra habilidad de imaginar una utopía aquí, en la Tierra. Los siglos XVIII y XIX atestiguaron, en Europa y Norteamérica, un cambio masivo en el locus de la esperanza humana: un cambio de la eternidad al tiempo futuro, de la especulación respecto a cómo ganar el favor divino a planear la felicidad de nuestras futuras generaciones. Este sentido de que el futuro humano puede cambiarse respecto al pasado humano, sin ayuda de poderes no humanos, se encuentra magníficamente expresada en el Manifiesto.

Sería mejor sin embargo, por supuesto, si encontrásemos un nuevo documento con el cual proveer a nuestros hijos de inspiración y esperanza – uno que estuviese libre de los defectos que pudieren tener tanto el Nuevo Testamento como el Manifiesto. Sería bueno tener un texto reformista, uno que no tuviera el carácter apocalíptico de ambos textos – que no dijese que todo debe hacerse de nueva cuenta desde el principio, o que la justicia “puede obtenerse sólo a través del forzoso derrocamiento de todas las condiciones sociales existentes.” Sería bueno tener un documento que expusiera en detalle una utopía de esta Tierra sin asegurarnos que esta utopía emergerá de lleno, y rápidamente, tan pronto como un cambio decisivo se verifique – tan pronto como la propiedad privada sea abolida, o tan pronto como “todos hayamos aceptado a Cristo en nuestros corazones.”

Sería mejor, en breve, si pudiésemos seguir sin profecías y afirmaciones de conocimiento de las fuerzas que determinan la historia – como si la esperanza generosa se pudiese sostener sin mayores seguridades. Algún día quizá, tengamos un nuevo texto que dar a nuestros hijos - uno que se abstenga de generar predicciones aunque exprese el mismo anhelo de fraternidad que el Nuevo Testamento, y esté lleno de descripciones de un ojo aguzado acerca de nuestras más recientes formas de inhumanidad de el uno contra el otro como en el Manifiesto. Pero mientras tanto, deberíamos estar agradecidos por tener dos textos que nos han ayudado a ser mejores – que nos han ayudado a superar hasta cierto punto, nuestro bruto egoísmo y sadismo cultivado.



febrero 16, 2013

Bruma

Se sentó en el último de los escalones.

Con los dedos doloridos por el frío, hurgó entre las monedas que traía en el bolsillo izquierdo de la chamarra tras cinco pesos mientras su otra mano colocaba el cigarro entre sus labios. No era el mejor momento para decirlo pero debía hacerlo.

Postergarlo era no sólo absurdo sino cruel.

Dio una larga bocanada y se puso de pie. El viento helaba su cara cortándola mucho más allá de lo aparente. Hacía tiempo que soplaba ya en esa dirección a pesar de su resistencia a ser parte de lo que al principio veía como inercia...

La moneda cayó y con ella su decisión. Lápida o no.

Del otro lado, su voz... y en el fondo de sus ojos,... la bruma se perdió.









enero 02, 2013

Toda mía







En el fondo de cada sueño, se escurre el deseo de tenerte mía,

mujer noche, mujer día;

si supieras qué daría...

tan sólo por tenerte toda mía.



diciembre 26, 2012

Algo peculiar

Y es que hay algo peculiar detrás de haberte encontrado en la infinitud del tiempo, tras el andar titubeante de un par de velas encendidas en medio de la nada y del todo.

Te veo y me veo, como en cada rostro...

Como en cada rasgo y cada gesto de cada hombre y cada niño, de cada humano que fue y será.

Es sólo que te veo y me siento eterno cuando me enredas.

octubre 26, 2012

Qué es lo que se siente?

Qué es lo que se siente de ver los verdes y los ocres del bosque en tus ojos al confundirse con las llanuras en los míos?

Al tallar en mi madera balsas que no han de hundirse jamás?

Qué es lo que se siente doblar el aire con tu aliento y detener a voluntad el tiempo?

Qué se siente al moldear entre tus manos el anhelo de un futuro compartido?

Qué se siente al saber que de tí dependen los amaneceres y las puestas de sol?